Me gustaría encontrarle -
y sólo observe sus manos,
ver si ellas son tan fuertes y seguros
como las palabras ellas rebajan
del cielo; y con cuidado corte
desde el cielo; y cuidadosamente incisa
de su diario humilde - y que
habiendo dicho, confieso,
había magreado mucho tiempo mis pensamientos,
antes de que yo supiera por qué.
Pueden ellas ser esculpidas,
como en mi
imaginación,
de aquella madera dura de oro, pulida,
el grano de madera se arremolinó, como
la hiel de roble -
donde el corazón posó la defensa
alrededor de una ruptura en integridad;
endurecido, como tendón
doblado,
nácar acodado en cada perla ofrecida;
relajado, de respiración de reposo,
un leopardo arrollado en reposo,
garras retraídas, seguro-
por ahora?
Con un amante, sabiendo, como lo hacen-
la topografía de carne humana,
la anatomía del corazón humano:
iba ellos ser suave, me pregunto, o firma;
en exposición de los secretos
de memoria de músculo anudada -
donde su longissimus
ha contratado alrededor de dolor de ayer
y sostene esto, un avaro fibroso
¿acumulando
sus arcas brillantes?
Puede, el roble caliente y enaceitado, alguna vez
magree como con mucha maña, o tan sensualmente,
¿como palabras?
Ya que hay un universo de diferencia
entre delver suavamente
para tesoro íntimo -
un arqueólogo, quizás -
y el saqueador imprudente;
y uno sólo se puede discernir
dicha diferencia
si uno estudia con cuidado
sus manos
en su acto de desenterrar el divino
y con ello, crear
su obra maestra.